El pelotón de fusilamiento estaba preparado; el sargento Carlos Barragán fue a buscar al Coronel Dorrego al birlocho donde había pasado las últimas horas, donde escribió cartas para sus hijos, su esposa, y otra para Estanislao López que el General Lavalle nunca permitió que saliera del campamento.
Barragán caminó con pasos cortos y la mirada perdida en el suelo; estaba por llevarse a cabo lo que para él era una locura, y pensaba en sus familiares y amigos, habitantes de los suburbios porteños, encolumnados ideológicamente detrás de Dorrego. Dos semanas atrás había participado de la asonada que lo derrocó tras la noche en la que un comité revolucionario decidió quedarse con el poder en Buenos Aires. Al amanecer siguiente, Barragán y las batalladoras tropas de Lavalle, coparon los cuarteles del Retiro y de la Recoleta, y sin disparar un sólo tiro, a sombrero alzado, el General fue proclamado Gobernador.
Tras la hambruna padecida en el último tramo de la guerra contra el Imperio del Brasil y con sus salarios atrasados, Barragán y sus camaradas creían que se habían acabado por un tiempo las batallas, pero cinco días después de tomar el poder, Lavalle decidió delegar el mando a Guillermo Brown y salió a la campaña en busca de las tropas de Manuel de Rosas y de Dorrego, que se hallaban en el interior de la provincia.
Luego de tres cansadores días de cabalgata los hombres de Lavalle se encontraron con las disminuidas fuerzas de Rosas y Dorrego, que apenas contaban con unos cientos de milicianos y grupos de indios pampas leales a Don Juan Manuel. Barragán y cada uno de los soldados unitarios sabían de la superioridad con que contaban, y entendieron como lógica la intención de su jefe de evitar el derramamiento de sangre, pero Rosas eludió dar una respuesta, sus huestes fueron rápidamente arrolladas y finalmente huyó hacia Santa Fe buscando la protección de López. Dorrego no aceptó escapar y buscó refugio en fuerzas que consideraba leales, pero ese regimiento se sublevó y lo tomó prisionero. Medio centenar de hombres lo escoltó a él y a su hermano Luis hacia Buenos Aires, pero a mitad de camino una contraorden remitió a los presos de vuelta a Navarro, al campamento de Lavalle.
Barragán le extendió la mano al gobernador depuesto para que baje de la carreta, Dorrego se la negó y bajó por su cuenta. De nada había servido la intermediación del Coronel Aráoz de Lamadrid para evitar el fusilamiento; en cambio habían hecho mella en la cabeza de Lavalle los consejos de Salvador Del Carril y Juan Varela, que a través de distintas misivas le insinuaban y recordaban que “...este pueblo espera todo de usted y usted debe darlo todo...después de la sangre que se ha derramado en Navarro, el proceso del que ha hecho correr está formado; doscientos muertos y quinientos heridos deben hacer entender a usted cuál es su deber”.
Dorrego, el cabeza de hidra, como lo llamaban sus enemigos, caminó lentamente hasta quedar frente al pelotón de fusilamiento. Barragán le tapó los ojos con una venda de seda amarilla, tomó su fusil y se ubicó en su lugar. El redoble de tambores pareció perderse en la inmensidad de aquel lugar. Ante la orden impartida, el sargento apuntó su arma pero no disparó. El resto de los fusileros abrió fuego y el sumariado cayó con su cráneo destrozado. El vuelo de unos pájaros despavoridos que irrumpieron en el cielo se grabó en la memoria de Barragán y sus compañeros de tropa. Lavalle se animó a cortar aquel silencio sepulcral diciéndole a su edecán: “Amigo mío, acabo de hacer un sacrificio doloroso que era indispensable”.
sábado, 13 de diciembre de 2008
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